¿Cómo alimentamos a nuestros hijos?

Cada etapa de la educación de nuestros hijos presenta constantes desafíos. En una época donde predomina la comida rápida, escasamente variada, en la que estamos perdiendo los beneficios de una buena dieta, y aparecen más casos de obesidad infantil, no resulta sencillo incorporar hábitos saludables.

Las lluvias de anuncios de los medios publicitarios nos incitan a consumir más allá de la necesidad. Los estímulos, sin duda, alcanzan a nuestros pequeños: los medios publicitarios saben cómo persuadirnos a la hora de conseguir que “compremos”.

Si no se entienden los beneficios que aporta una alimentación variada y equilibrada y hasta qué punto influye (por Ej. el entorno en el cual se come, el respeto a los horarios, los lazos que se establecen a través de la comida, tampoco se entenderán los esfuerzos y los hábitos por hacerlo adecuadamente.

Actualmente son escasas las comidas en familia. Sus miembros tienen horarios diversos, no siempre compatibles y el escaso tiempo disponible. Cuando un niño no se sienta a la mesa y no hace del comer, un acto consciente e importante, tiene grandes probabilidades de que su conducta alimentaria se transforme en un caos. Las constantes ingestas a deshoras (picar) y pautas poco claras lo desorganizan.

No es lo mismo comer mirando la televisión, sin apenas saber que se está comiendo, hipnotizado por la pantalla, que la charla familiar asociada a ese momento, el de compartir.

Si bien el inicio de un trastorno alimentario no tiene una índole exclusivamente alimentaria, ya que confluyen múltiples factores: psicológicos sociales, familiares, sabemos que las dietas constantes no alcanzables, la obsesión por consumir solo determinados alimentos eliminando otros, reducir la ingesta sin motivo, pueden ser un principio y predisponer a que se desencadene.

Los niños imitan lo que viven…

Por lo tanto, los esfuerzos que no tengan su base en el ejemplo pronto se derrumbarán.

Hablemos de los hábitos de los padres: comer de pié, rápido, escasa variedad, incitar a que el niño coma rápido porque se hace tarde.

Una ingesta vacía de nutrientes como suelen ser los alimentos como bollerías, industriales, azúcares, no solo reduce nuestra energía corporal, sino que coloca al cuerpo en un terreno vulnerable a enfermedades oportunistas, bajando nuestras defensas, aumentando el riesgo de constipados, alergias, estreñimiento.

Muchos padres suelen hacer comentarios si siguen alguna dieta, o de los kilos de más que tienen, así como observaciones referidas a la estética, que por más “inocentes” que parezcan van delineando una manera de sentir y de actuar, que tarde o temprano influirá en sus hijos.

Las neveras que acompañan estas dietas suelen estar abarrotadas de alimentos bajos en calorías, no aptos para un niño en crecimiento.

Nuestros niños son esponjas que absorben, sin filtro. Los medios de comunicación ayudan a que adelgazar se convierta un acto mágico que nos hará felices con solo consumir determinado producto.

La industria alimentaria tiene a sus mejores aliados en los niños y somos nosotros, los adultos, los que debemos desmitificar los mensajes mágicos que nos trasmiten.Sabemos que los niños no solo reciben influencias del hogar familiar sino también de la escuela, y ámbitos en los que se mueven, sin embargo, a la hora de decidir, los valores inculcados en el día a día, cuando se fundamentan y se explican, suelen perdurar para toda la vida.

Modelos estéticos y consumo

El predominio de la apariencia y  los valores externos, la necesidad constante e irrefrenable por consumir, sirve muchas veces de escape a las ansiedades.

Nos proponen un mundo fácil donde nuestros propósitos y deseos pueden satisfacerse en un falaz abrir y cerrar de ojos. Nuestros niños no se libran de estas tentaciones.

Inculcar la importancia de valores que trasciendan y enseñarles a discriminar, son tareas relevantes para evitar que la comida se convierta en un escape a situaciones que el niño no puede enfrentar.

A veces no es más que una golosina, un juguete…que parece calmar o anestesiar por un rato. Pero una vez consumido, vuelve a irrumpir el circuito del deseo, esta vez de otra cosa, que nunca parece satisfacerse. Otras verdaderas necesidades, más esenciales, de índole afectivo –emocional parecen estar tras la constante demanda de consumo.

Desórdenes alimentarios, una respuesta a la insatisfacción

La relación que establecemos con la comida refleja en gran medida como nos relacionamos con nosotros mismos y con el entorno.

Un niño con una autoestima frágil que se va deteriorando puede ser un terreno fértil para que arraigue un desorden alimentario, siempre asociado a una insatisfacción que comienza en lo interno y se refleja en lo externo, siendo la imagen corporal una de sus vertientes.

Un trastorno alimentario lleva consigo el vacío que sienten quienes lo padecen. La bulimia o el comer compulsivo no dejan de ser una adicción y la comida sirve para sustituir o llenar simbólicamente, ese agujero existencial.

La ansiedad que a veces acompaña a: “el niño no me come” (sin   desentrañar las causas), esconder alimentos (tanto padres como niños), prohibir otros, no dejan de ser conductas irregulares que pueden volverse en contra.

La actitud que se tiene a la hora de alimentarlo puede transformar este momento en placentero o convertirse en una manipulación afectiva. Emplear amenazas como “si no comes no hay tele” utilizando la comida como un trofeo no resultan buenos métodos para conseguir objetivos.

Respetar los tiempos y las necesidades de cada niño requiere una buena cuota de paciencia, y adaptación.

Los trastornos alimentarios comienzan con simples alteraciones posibles de detectar: comer a escondidas, con ansiedad desmedida, estar pendiente de las calorías, evitar comidas que antes realizaba con normalidad…verse más gordo que lo habitual, el humor irritable y cambiante, discusiones relacionadas a las cantidades que se ponen en el plato…

Trastornos como la anorexia, la obesidad, la bulimia y otros no especificados, dejaron de ser atributo de los adolescentes. Hay muchos niños que se inician en ellos a edades muy tempranas.

Seguir sus pasos contemplando cualquier cambio no habitual en su alimentación, y no cejar en la incorporación de una ingesta equilibrada en colores, sabores y nutrientes será la mejor inversión a presente y futuro.

Para tomar en cuenta:

En nuestro país, la Asociación de Desórdenes de la Conducta Alimentaria Costa Rica, trabaja en la prevención y la divulgación acerca de los desórdenes alimentarios, ofreciendo información y alternativas de tratamiento interdisciplinar.

Sobre la autora:
Silvina  Gimpelewicz, Terapeuta psicocorporal, Trabajadora social
silvigimpe@gmail.com / 8320-3559                             

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